Archivo de la etiqueta: pensamientos

Uso de Casco…

Muchas veces cuando un ciclista opina sobre normas viales el resto de la gente le cuestiona sobre el uso del casco. Parece ser que no usarlo genera en los demás la automática desestimación de que todo lo que éste diga queda bajo el velo del cuestionamiento. Pero ¿cuánto de real y cuánto de verdad hay en: “el casco salva vidas”?

Como dice Agustin Valle en su artículo “Bases del ciclismo como pensamiento urbano”  que hemos publicado hace tiempo: “En la calle las cosas se ven de otro modo, su estética se define no según un combinado de forma-color-textura-movimiento sino según su rol en el cofuncionamiento público. Porque en el espacio público, de las cosas importan ante todo sus efectos. El casco tiene una estética muy clara: la estética del cuidado. (…)” Pero esto creo que va más alla de la presentación ante los otros actores del transito como seres de cuidado. Tiene importancia cultural en otros aspectos: la Federación Europea de Ciclismo expone en uno de sus artículos argumentos muy bien estudiados en cada una de sus ciudades sobre el uso del casco y su legislación, y entre estos argumentos se destacan los siguientes:

  • Los cascos para ciclistas salvan vidas, pero esto está sobre estimado. Si su uso se obligara provocaría un menor uso de la bicicleta y esto llevaría a más muertes por ataques al corazón y otras enfermedades de la vida sedentaria.
  • Los ciclistas no tienen los mismo argumentos que los motociclistas para usar el casco y hacer de esto una obligación legislada. Vivir es ya de por sí una actividad arriesgada, y la gente se hiere o muere en muchos tipos de accidentes. Comparado con otros modos de transporte y con otras actividades, el ciclismo no es ni mucho menos tan peligroso como las personas que no van en bicicleta. En realidad, tanto para ciclistas como para peatones, los accidentes de tráfico graves y mortales suelen tener un origen común: atropellamiento por un vehículo motorizado. Para resolver este problema, habría que eliminar la causa de los atropellos: la velocidad excesiva y la falta de atención.
  • La existencia de otras modalidades de ciclismo (ciclismo de montaña, ciclismo de ruta, etc) mucho más arriesgadas que el ciclismo urbano no justifica que se obligue el uso del casco a toda la población ciclista.
  • Los cascos para ciclistas no protegen contra la mayoría de los accidentes mortales. Desde el punto de vista de la seguridad vial, promover el casco es sólo tratar los síntomas en vez del mal de origen: la verdadera prevención consistiría en reducir las causas y la frecuencia de los accidentes. Algunas investigaciones médicas sugieren que el uso del casco ha reducido el número de heridas craneales en ciclistas entre un uno y un cincuenta por ciento. Pero en general no se informa del motivo de tal reducción. Si es a causa de la reducción paralela del número de ciclistas, entonces no es el casco sino la disuasión la que provocó el fenómeno.
  • Es una falacia decir:  “Las campañas en favor del uso voluntario del casco no funcionan, por tanto el casco debe ser obligatorio“.  Este argumento presupone que el casco es el “último grito” en materia de seguridad vial, lo cual no es cierto. Crear condiciones de tráfico más seguras es infinitamente más efectivo. Legislar sobre el casco puede incluso distraer esfuerzos en favor de un entorno viario más seguro, lo cual sería contraproducente en términos de seguridad vial real. Por otra parte, una legislación que obligue a los/as ciclistas a llevar casco requeriría una continua vigilancia para que se cumpla, y aún así es muy probable que no se consiga un nivel satisfactorio de cumplimiento. Con ello, se contribuiría a disminuir la credibilidad de las normas de tráfico y de las leyes en general.

Como cualquier otro modo de transporte, ir en bicicleta no es seguro al cien por cien, pero no es, ni mucho menos, tan peligroso como mucha gente piensa.

En los últimos años, el doctor Mayer Hillman, del instituto de investigación británico Policy Studies Institute, ha publicado varios estudios sobre ciclismo y salud. Ha calculado en uno de ellos que los años de vida ganados al ir en bicicleta regularmente sobrepasan a los años de vida perdidos en accidentes en una proporción de 20 a 1, y eso en un país donde la tasa de accidentalidad ciclista es alta. Cifras del Reino Unido muestran también que la gente que utiliza la bicicleta vive más años y en mejor estado de salud que quienes no lo hacen.

Estudios similares fueron realizados por la Federación Danesa de Ciclistas. Usando datos de investigación médica, se calculó que 5 millones de daneses y danesas, que circulan en bicicleta una media de 3 Km diarios, añaden un total de 40.000 años a sus vidas. Por otro lado, una media de 80 ciclistas daneses/as mueren en accidentes de tráfico cada año; con una esperanza de vida media de 70 años, y teniendo en cuenta la edad media de los/as ciclistas muertos/as, esto implica una pérdida de 3.500 años de vida. Es decir: En Dinamarca se ganan anualmente un total de 36.500 años de vida gracias al uso de la bicicleta.

Aunque todavía haya un cierto número de factores no estudiados, este cálculo muestra que el uso regular de la bicicleta es beneficioso para la salud de una nación.

¿SEGUÍS CREYENDO QUE HAY QUE USAR CASCO?

Fuentes:
– http://www.ccub.org/
– http://www.esciclismo.com/ampliada.asp?Id=27660
– http://www.change.org/es-AR/peticiones/noalcascoobligatorioconbici

Anuncios

Polémica Renovada

Se renueva la polémica de calle salta una vez más en medios de comunicación escritos de nuestra ciudad. Y es que a veces parece que las adversidades urbanas fueran más fuertes que las ganas de salir a pedalear. Más específicamente nos referimos a la nota publicada en el Diario La Capital : http://www.lacapital.com.ar/la-ciudad/La-bicisenda-de-calle-Salta-suma-criticas-y-accidentes-de-ciclistas-20130925-0013.html en la cual a manera crónica se relata el accidente de una ciclista en la tan emblemática ciclovía.

¿Esto es nuevo? No! es lo primero que uno se animaría contestar. Y la noticia parece ser una excusa más para culpabilizar a las construcciones viales, a los ciclistas y a las proyecciones viales que lo único que tratan es de optimizar el flujo y el bienestar entre cada uno de los actores en el tránsito.

Es difícil escribir sin el prejuicio y la fantasía de estabilidad que nos genera el consumo del automóvil, jerarquizándolo a este por sobre el resto de los demás vehículos que intervienen en el ecosistema urbano, y sin dar lugar a la posibilidad de otro tipo de realidades que obliguen al uso de uno o de otro trasporte. Pero parece ser que el último y más perjudicado siempre es el ciclista y es un reflejo de lo poco que se debate el tema, de lo poco que nos incluimos en temas cívicos (planificación urbana, reclamos, dispositivos de inclusión y opinión ciudadana, etc) y no dejamos de ver nuestro lugar singular, no nos permitimos pensar en el “otro”, en el vecino, en el que tengo al lado.

Como último me gustaría invitar a cualquier periodista interesado a circular en bicicleta por la ciudad y ver cual es la verdadera realidad de la que tanto hablamos los ciclistas que seguimos sintiéndonos avasallados y apartados muchas veces desde lo urbano, lo político y las propuestas gubernamentales.

Crónica de un Ciclodía Atípico

Por Lucas Pace – Ciclismo Urbano

Como cada domingo de principio de mes aquellos empedernidos adictos a su inseparable dos ruedas esperamos ansiosos por la congregación más grande de ciclistas con la que cuenta nuestra ciudad. Para algunos estudiosos hablar de masa crítica es hacer referencia a la cantidad de materia que se necesita para producir una desintegración nuclear, incluso encontramos argumentos en la sociología la cual afirma que la masa crítica es una coincidencia ínfima de personas para que un fenómeno “X” se lleve acabo. Hasta los amantes de las computadoras tienen a este dúo dinámico para caracterizar una de las etapas de vida del software. Masa Crítica para muchas otras personas no parece representar más que un pedazo de materia uniforme en estado delicado. Pero para los amantes de las bicicletas, es simplemente una cita obligada, una excusa perfecta, el motivo ideal para pasar un rato entre amigos, olvidarse de la rutina, al compás de las buenas vibras, y el conmovedor sonido de un vehículo siendo impulsado por la tracción a sangre.

El 4 de marzo del 2012 arrancó para mí como cada domingo, con el sol ya en su pico más alto, heridas múltiples de una trasnoche rociada con vapores etílicos, la boca -fiel a su estilo- siendo una gruta de arena, una maraña de pequeños latidos en mi sien consecuencia de esos tres últimos juramentos incumplidos –imposible rendirse a un último trago-, y el zumbido en los oídos producto de un DJ generoso. Para algunos el domingo es el séptimo día, para otros el primero de la semana, para este humilde narrador, a pesar de desenfundar en cada oportunidad la palabra libertad, es el sometimiento a una esclavitud por demás de conocida, pero necesaria.

Tras una comida rápida, más bien fresca, medio litro de agua, debido a la trepada incesante del termómetro, nos encaminamos junto con dos buenos amigos, también compañeros de polo, y por supuesto nuestra fiel locomoción, al punto de encuentro; los Silos Davis.

Cualquier persona que ha tenido el privilegio de participar de tan plácida congregación, seguramente se ha encontrado en más de una oportunidad y previo al momento de arribo, suspirando frases de la siguiente índole; “ojala sea el primero en llegar” dirá el diligente, el cual prefiere llegar en soledad antes que sacrificar su podio por esperar a algún camarada rezagado, o “seguramente hoy no va nadie, con este calor” lanzará el desesperanzado amigo de los vasos medios vacíos, incluso el infaltable “por favor espero que no se vayan” arrojará desesperado el ferviente rival del padre tiempo. Esta y muchas otras virtudes conforman las múltiples tonalidades que perfuman a un grupo que ve a la bicicleta como una extensión de su cuerpo, una filosofía, un estilo de vida.

Habiendo llegado al punto de encuentro, las risas, los saludos, los abrazos no se hicieron esperar. Incluso el intercambio de consejos mecánicos, algún que otro gemido de asombro y cálidas palmeadas en la espalda para felicitar al osado que recortó su manubrio para la práctica de bicipolo.

La jornada ameritaba intensidad, la gente se agolpaba en la medida que los minutos corrían y las ganas de pedalear aterciopelaban la atmósfera. Al igual que en la dulce espera, la ansiedad se hacía irresistible aunque la lógica sometía a la paciencia. Cumpliendo con la prórroga, el numeroso grupo se dispuso a emprender el recorrido, el cual fue trazado minutos antes de dar la voz de aprontamiento, y que tuvo como objetivo los principales parques de la ciudad. Con una línea de partida imaginaria, la horda sedienta de aventura partió en busca de la merecida satisfacción.

No hace falta recurrir a una sociedad primer mundista para observar destellos de democracia, orden, organización, compañerismo, caballerosidad, ingenio, respeto y adaptación. Basta con toparse con un grupo de personas montadas sobre sus convicciones, individuos que apuestan a la inercia para mantener el equilibrio, cuidando en todo momento la espalda del compañero con la misma cautela con que cuidan de la suya, marchando en línea recta y hacia delante con la noción constante que si ellos caen, el grupo se abatiría junto a él; ninguna escuela instruye con tanta distinción el instinto de supervivencia. Ciclismo será siempre sinónimo de progreso.

Cada convocatoria apuesta a la prosperidad, ante la obviedad que siempre existirán días que predominen sobre otros, proponiendo en cada cita una autosuperación, que aunque muchos escépticos se rehúsen a dilucidarlas, será siempre el trofeo con el que premiarán al final de cada Masa. Un nuevo día, un nuevo episodio. No hay historias malas qué contar, simplemente nuevas enseñanzas. No intento engrandecer al grupo, aunque no caigo del asombro ante la inexistencia de un galardón que fomente las individualidades, sino la gratificación de haber llegado los mismos que partieron, otra de las virtudes que componen a este bloque.

Como cronista de turno, me veo obligado a hacerlos partícipes de los hechos que tuvieron lugar el 4 de marzo y que se extenderían hasta la madrugada del lunes 5. No puedo evitar expresar que dichas aventuras quedarán plasmadas hasta el último de mis suspiros en el hemisferio de los recuerdos. Tras casi 20 kilómetros de recorrido, tres parques, varias avenidas, innumerables calles, la multitud encontró refugio a la sombra de una fila de árboles que abrazaban con ahínco el borde de una de las fuentes del parque Urquiza, más precisamente aquella que yace a escasos metros de la cúpula del planetario. Algunos arremangándose los pantalones, quitando sus zapatos, otros mojándose sólo las mejillas, o humedeciendo sus cabellos, tras una jornada candente, poco importó la turbidez del agua para disminuir el calor agobiante. Claro que nadie se aventuró a una zambullida completa como sí lo hicieron unos infantes, que dicho sea de paso, para ese entonces menudo espectáculo brindaban para los protagonistas y algunos traseúntes. El retorno fue un tanto más agilizado, puesto que al tomar la calle que desemboca directamente en el Monumento a la Bandera, no hizo falta siquiera ejercer presión sobre el sistema pedalier ya que el nivel de inclinación anestesió a la fatiga. Lindo y coqueto, así se mostró el colectivo de múltiples ciclistas desplegado por toda Avenida Belgrano saboreando con intensidad los bocinazos de los automovilistas, muchos en apoyo, algunos repudiando en vano la movida; los exasperados de siempre.

Habiéndome incorporado hace unas escasas semanas al círculo de polistas sobre ruedas más importante de Rosario, la Masa Crítica coincidía con el entrenamiento de Camorra Bike Polo, una institución consolidada desde hace años, pero que ha logrado aumentar considerablemente sus adeptos durante el 2011. A pesar de querer completar el trayecto estipulado, al corroborar el reloj no tuve más remedio que tomar una de las desembocaduras y procurar llegar con el mayor margen de tiempo a otra de las citas que también entonó mi fin de semana.

Pasadas las 18.30 comezaron a llegar a la Plaza de la Cooperación, conocida también como plaza del Che, muchos de los agentes que constituyen la entidad; camorreros y camorreras, ensillando sus “mulas”, esgrimiendo sus tacos con orgullo, y deseándose prosperidad en cada jugada –goles son amores-, se aglomeraron como es habitual en una de las tribunas, fundidos en un collage de cascos, herramientas, bicicletas y ánimos de competencia. Un lujo para los curiosos.

La contienda tuvo lugar hasta las 20 horas, reñida como de costumbre, con sus inconfundibles roces y sus picardías loables, pero como todo deporte de caballero y dama refinada, la sangre sólo se derrama dentro del campo de batalla. Más tarde el ya característico tercer tiempo, único cicatrizante efectivo, antídoto repelente de pasiones desprovistas de puntualidad, algunos tilándolo también como visceralidades a destiempo. Cada cerveza sabrá a gloria, y sí, qué mejor manera para soldar los vínculos que el delicado néctar derivado de la malta. Camorra entiende la terminología de hermandad, la celebra y la elogia con una velada hasta entrada la madrugada. Mi corazón se inunda de regocijo al percatarme que los mismo 20 que finalizaron el entranamiento permanecen aún de pie, debatiendo enérgicamente, aportando hasta sus últimas monedas para hacer más abultada la vaquita y que el porrón siga su cauce. Menuda forma de recibir al lunes que asomaba tímidamente sus primeros minutos, pero el enjambre no se inmuta, continúa con su ritual extendiéndose hasta una competencia de pedaleo en retroceso. Sí, acá también hablamos la lengua del piñon fijo. Aún se desconoce el ganador.

Si bien cada suceso extraordinario tiene un final presuroso, tres disertantes de la veintena, yo incluído, aún sedientos y con aires de continuar siéndoles indiferentes al comienzo de la semana, optamos por extender la jornada en un conocido pub cervecero, ubicado en calle Salta y Avenida Francia. Al llegar y aparcar nuestras mulas, bien aferradas entre sí y en un lugar visible, pedimos una jarra de, para ese entonces, algo asemejado a la cerveza, que si bien se veía e incluso olía como tal, la cuota desmedida de lúpulo previa había atontado nuestros paladares. Compartiendo dos platos de comida, y agradeciendo el maravilloso gesto del cocinero quien se apiadó de nuestros estómagos rugientes a pesar de haber cerrado la cocina, sirvieron para devolvernos la sonrisa de hombres satisfechos.

Claro que si nuestras andanzas hubiesen terminado en la barra de una taberna, jamás me hubiese tomado el atrevimiento de extender mi relato. Ya con las persianas bajas y con el dueño sentado en el alfeizar de la puerta, nos propusimos una “night ride”, o bicicleteada nocturna -para aquellos reacios a los anglicismos-, para intentar de alguna forma disminuir los decibeles y oxigenar el plasma. A escasas cuadras del Paraná, decidimos finalizar nuestro capítulo con el río y el horizonte de testigos, junto con alguna estrella juguetona guiñándonos dulcemente desde la inmensidad.

Encontramos el sitio ideal bajo un árbol deshojado, justo sobre un drenaje pluvial natural, casi pudimos pensar simultáneamente que la Madre Naturaleza lo había esculpido para que estos padawans polistas descansáramos nuestros cuerpos y le diéramos un fogonazo adicional imaginativo a nuestras mentes. El aluvión de estrellas que se abrió en el firmamento ante nosotros, sirvió no solo para recomponer nuestra cordura, sino para desatar una de las charlas más profundas a las que inconsientemente fui invitado. El debate no se hizo esperar, la risa, fiel compañera y protagonista indiscutible durante todo nuestra celebración, acalambraba nuestros músculos faciales hasta el punto que debíamos masajearlos para librarlos de la tensión. Compenetrados pero a la vez distendidos, apenas reparamos en que por alguna razón un tanto absurda, uno de los tres participantes, y esta vez tengo que admitir que no fui yo, revoleó su taco de polo hasta la entrañas del acantilado. Tomándonos un momento, claro no sin antes aminorar las palpitaciones producto de las risotadas, establecimos que el incidente se debió al movimiento sistemático que realiza cualquier extremidad del cuerpo –en este caso el brazo sujetando el palo- al momento de entablar vínculo con el razonamiento. Vale decir que el individuo al haber estado sumido en la concentración de aparentar no estar embebido, disparando ráfagas de conversación y con el esfuerzo inminente que representa continuar el hilo de la charla, no notó que la fuerza ejercida sobre sus movimientos propulsaría el elemento más allá de su alcance. Si me preguntan, tampoco entiendo cómo fue a parar tan lejos.

Si hay algo que debemos admitir es que al ser humano le cuesta mucho reponerse de una ruptura amorosa, pero mucho más aún, verse obligado a renunciar a su taco -ni mencionar si fue por un error de cálculo-. No hace falta hacer las matemáticas, no existe en el mundo uno igual a otro. Seguramente fue éste el slogan que impulso al individuo a tomar una linterna, y comenzar una caminata de varios minutos para dar con una escalera que lo lleve al pie del risco. Si el ciclismo equivale a progreso, esta actitud seguramente denotará hasta los confines del tiempo valentía, perseverancia, tenacidad y constancia.

Exactamente 20 minutos trascendieron hasta lograr dislumbrar en la lejanía, un pequeño punto brillante moviéndose a paso de hombre. Definitivamente tenía que ser él. Guiándose con la pequeña linterna que al ser engullida por la maleza parecía perder aún más tamaño, más por instinto que por sensatez, esquivando todo tipo de alimañas y objetos cortantes, el individuo debió atravesar una distancia de 80 metros tomándose unos 15 minutos para lograrlo. Al encontrarse en línea recta desde donde nos hallábamos, y desde donde había partido la parábola trazada por el objeto pero unos 10 metros más abajo, el aventurero se dispuso a escalar cuesta arriba la prominencia del barranco, prácticamente a ciegas y sin saber dónde realmente buscar. Difícil se me hace relatar con exactitud la escena, una especia de arte contemporáneo tridimensional, rodeado de naturaleza muerta, un haz de luz que se sobresaltaba con cada movimiento extraño entre los matorrales, sumado a gritos de dolor del sujeto, y carcajadas que bajaban desde la cima. Tras unos instantes de silencio, empecinándonos en oír noticias desde el frente, un alarido de victoria hizo revolotear a una familia de quirópteros que esperaban ansiosos, agazapados por algún desafortunado invertebrado desprevenido que se topara con ellos. La noche ya pintaba para la inmortalidad.

Tras otros 25 minutos de espera –en esta oportunidad el trayecto se hizo más ágil producto del reconocimiento del terreno- apareció el temerario enarbolando su botín más preciado. Algunas magulladuras, un pequeño cojeo, y las ropas algo rasgadas, consecuencia de una hazaña memorable, que por supuesto iba a tener recompensa, desquitándose con un picado polista en medio de la avenida de la costanera.

Claro que la jornada desafortunadamente logró dar con su desenlace a las 4:30 de la mañana, no sin antes y tras un severo peloteo, cobrarse una rueda descentrada, una palanca de freno, una luz de advertencia y un golpe en el brazo de uno de los competidores.

Existirán siempre corresponsales de la desidia, amantes de las superficialidades procurando incansablemente reemplazarlas con la mayor de las tenacidades para que su efecto narcótico no se disipe abruptamente.

También habrá quienes vean pasar la vida ante sus narices, despidiéndose de sus años sin haber experimentado, innovado, compartido, sin siquiera haber soñado;

Cómo negarse a la calidez de una voz de aliento, a una cachetada despabilante en el momento más oportuno, a la desazón de seguir avanzando para apalear al agotamiento, cómo negarse al áspero aunque adictivo sabor de la adrenalina que desorbita nuestros corazones y nos llena de vida.

Si hay algo que provoca en mí gratitud, es que a pesar de que prevalezcan aquellos que rigen un mundo corroído por el odio y la indiferencia, también existen esos que están para combatirlos, con amor, dedicación y buenas ideas. Orgulloso les digo que quienes me acompañaron desde el punto de partida hasta mi último trago de cerveza, son aquellos guerreros por los que vale la pena arriesgarse.

Que el temor a arriesgarse no los desaliente,  caerse de la bicicleta duele, pero más dolería no tener oportunidad de experimentarlo. Y uno nunca sabe, a lo mejor este puede ser tu ciclodía atípico.

Desidia Ciclista

A casi un año del video de nuestro amigo Gabriel, que muestra la odisea que representa poder ir al centro de la ciudad y dejar atada la bicicleta en un lugar seguro ¿Qué se logró?

https://ciclismourbanorosario.wordpress.com/2011/03/15/odisea-de-un-cicilista-para-atar-bicicleta-nadie-cumple-con-ord-405286-rosario/ 

La respuesta es más que una decepción para todos aquellos que usan la bicicleta como medio de transporte diario. La ordenanza municipal 4052/86 que establece que todas las playas de estacionamiento con lugar para más de 30 autos deben destinar los metros cuadrados de un “automóvil grande” para que se puedan dejar bicicletas gratuitamente, no se cumple en ninguna parte de la ciudad. Y más aún, después de los controles municipales, que no lograron nada, los dueños de las playas hacen oídos sordos. Tanto a las exigencias municipales como la de ciclistas.

Se aprobó en Julio del 2010 una resolución en el consejo de liberante donde se anexaban 4 puntos a la ordenanza donde se comprometían a hacer campaña de difusión desde la Municipio para que esto se sepa por la ciudadanía, se reglamentaban sanciones para las playas que no cumplieran y varias cosas más que no ocurrieron, ni ocurren. ¿Ignorancia? ¿ Egoísmo a caso?

Hoy en el diario La Capital se publicó una nota que dice: “El municipio refuerza el proyecto de la bicisenda en calle Salta“. Suena irónico seguir creyendo este tipo de enunciados. Calle Salta se ha transformado en el símbolo de la situación que todos los ciclistas lidiamos en la calle: ignorancia por parte de los actores del tránsito, falta de respeto y tolerancia, agregado a la gran negligencia y falta de respuesta por parte del estado.

El municipio adhiere a un “Plan Integral de Movilidad Urbana” por medio del cual se compromete a promover el uso de la bicicleta. Las acciones que está llevando a cabo parecieran que no fuera así. Sino todo lo contrario, pareciera que coaccionara en contra.

¿Por cuanto más los que pedaleamos las calles debemos soportar estas situaciones?

 

 

Día Mundial de la Diabetes

14 de noviembre

Este evento anual sirve para generar en todo el mundo mayor conciencia del problema que supone la diabetes, del vertiginoso aumento por doquier de las tasas de morbilidad y de la forma de evitar la enfermedad en la mayoría de los casos. El Día Mundial de la Diabetes, instituido por iniciativa de la Federación Internacional de la Diabetes y la OMS, se celebra el 14 de noviembre para conmemorar el aniversario del nacimiento de Frederick Banting, quien, junto con Charles Best, tuvo un papel determinante en el descubrimiento en 1922 de la insulina, hormona que permite tratar a los diabéticos y salvarles la vida.

La OMS estima que en el mundo hay 346 millones de personas con diabetes, guarismo que muy probablemente, de no mediar intervención alguna, para 2030 se habrá más que duplicado. Casi el 80% de las muertes por diabetes se producen en países de ingresos bajos o medios.

USÁ LA BICI TODOS LOS DÍAS.

Para considerar un poco.

“…Imaginemos una aldea donde 100 hambrientos individuos están a punto de almorzar su diaria ración de 100 porotos. De repente, 100 hambrientos bandidos toman por asalto la aldea. Cada uno de estos 100 bandidos ROBA a uno de los individuos la ración ENTERA de 100 porotos, y luego huye.

A la semana siguiente los 100 bandidos planean repetir su expedición a la aldea. Uno de ellos pregunta al resto si es CORRECTO robar a los pobres.
Otro bandido propone que para no sentir la responsabilidad de estar robando a los pobres, cada bandido debería robar solo UN poroto a cada aldeano. Como la pérdida de UN poroto no debería ser TAN catastrófica para cada aldeano, cada bandido seria solo responsable por un pequeñísimo daño.
Los bandidos llevan adelante su plan, robando solo UN poroto de cada aldeano y huyendo con sus propias bolsas llenas con 100 porotos. Los bandidos duermen en PAZ, creyendo que cada uno ha hecho un pequeño daño. Los aldeanos sienten que el daño es exactamente igual al de la semana anterior.

Pregunta:

¿Cómo medir cuan individualmente responsables somos de los daños que grupalmente causamos?…”

Jonathan Glover (1975); en “The Ethics of What we Eat” de Peter Singer y Jim Mason (2006)

Si nos respetamos hay sitio para todos

Video español sobre lo que es el uso de la bicicleta en la ciudad…
Esto es un pensamiento solidario.
Usar la bici no es volver atrás. No disminuye el comercio ni la economía.
Abramos la cancha y animémonos a pensar distinto.